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jueves, 8 de agosto de 2013

El día que murió Marilyn.

A veces, aún te deseo. Quizás ahora mismo. Ahora, quizá te abrazaría. 
Pero siempre con miedo, siempre con miedo y un poco más de tedio.
Siempre suficiente, suficiente y demasiado.
Tal vez ahora iríamos a la cama, a no ser por el regreso.
A no ser, también, por el miedo.
Un poco de retorno y un poco más de miedo, y un sabor de asco.
Un poco mayor la desgana de sexo, incluso de amor.
Iríamos a la cama y todo sería lo mismo.
Ni el tiempo volvería ni yo podría quererte más de lo que se puede querer, más de lo que nunca he podido.

Y nada me pertenece; de esta locura, nada me pertenece, siquiera un poco.
Me pedirás cama y la tendremos; estaremos abrazados llenos de asco, estaremos empapados en sudor, esta noche, piel contra piel, y nada será lo mismo.

Nada me pertenece, de la misma manera que ya no me perteneces tú- suponiendo que me hayas pertenecido algún instante-, que no me pertenece nadie, porque estoy, finalmente, sola.


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