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lunes, 22 de diciembre de 2014

¿Qué si mereció la pena? Claro que mereció la pena.

Un año más he vuelto a sonreír por cortesía, a poner buena cara, a fingir que me siento muy feliz de que se acabe otro año de mierda y empiece uno que, seguramente, sea igual.
Un año más he conocido a gente maravillosa.
Un año más se perdieron por el camino.
Un año más he llorado sola en la cama.
Un año más he soñado contigo.
Un año más he bebido hasta vomitar, he fumado hasta toser y he amado hasta doler.
Un año más me he vuelto a enamorar de algún idiota, de esos que te llaman princesa, de esos que no saben que le darías una patada a la monarquía y quemarías todas las coronas para que nadie te volviera a llamar reina.
Un año más he escuchado esa canción que me hace estallar el pecho, he cantado hasta quedarme sin voz y he bailado hasta romperme las piernas.
Un año más he tocado el cielo con los dedos, y con los pies el infierno.
Un año más he vivido.
Un año más, he muerto.
Gracias a Dios que sólo es Navidad una vez al año. 
Que Jesucristo no nació dos veces. 
Que él no apareció otra vez.

Querido John, un año más, te echo de menos.


martes, 16 de diciembre de 2014

Enfermo.

Desde pequeña me enseñaron que la capacidad de amar debía entenderse como una virtud, más cercana a la caridad que a los verdaderos sentimientos.
Crecí con la idea de que el mundo era un lugar siniestro y peligroso, que la única forma de evitar su influencia era encontrar al hombre que me protegería, y al que yo protegería de si mismo, por encima de todo.
Hasta que un día apareció ella.
Tras una larga huida escape a las ciudades, donde comprendí porque la mayoría de los sueños mueren atropellados por la velocidad, incluso antes de haber sido evocados.
Allí encontré a muchos hombres dispuestos a protegerme. Incluso algunos juraron hacerlo de ellos mismos y de las leyes que sostenían en pie sus hogares.
Al final me acabe casando con el que mejor mentía.
Juntos creamos un hogar, un refugio, un castillo inexpugnable contra todas las calamidades del mundo.
Nuestras felicidad era un sillón incomodo pero cálido, una vieja radio atascada en una frecuencia hipnótica que emitía sin cesar un latido casi inaudible, una frase que solo se podía escuchar cuando caía la noche... y una de aquellas noches, ella volvió.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Sabes a primera vez.

La que cree y no se rinde
-porque ella todas las batallas
las resuelve a besos,
y así no pierde nunca_.
La que quiere 
mirando a los ojos
y siempre,
siempre está ahí.

Si la vierais,
si la conocierais,
entenderíais de que hablo.

Cómo decirlo:
imagina la vida como si fuera un pilla-pilla
contra los rivales del otro equipo del colegio.
Pues ella es casa.

Elvira Sastre.