Seguidores

Visitantes recientes

lunes, 17 de diciembre de 2012

La alegría más alta.

Para vivir no quiero 
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres! 
P.Salinas.

Ella aparece finalmente, busca la cara de él entre la muchedumbre que hace cola frente a la puerta del cine y al encontrarla se le acerca y le dice hola mi amor mientras se inserta a su lado. Él sonríe y hunde su boca en los labios agrietados de ella. Él leva un sombrerito de fieltro gris que ella odia con toda su ala. Son las ocho de a tarde de un húmedo y ventoso miércoles de marzo y la noche está a punto de derrumbarse sobre ellos.
-¿Llevas mucho tiempo esperando, Edgar?- dice ella encendiéndose un Marlboro.
Él la mira fijamente, como si en lugar de ser ella fuese un incendio brillando a lo lejos. O una mujer tendida en la acera en plena calle, bocarriba y con una equis pintada de rojo en la mejilla. O un tenedor encontrado dentro de una tarta.
+Me llamo Linus. Linus Albert. -dice él- ¿Quién coño es ese Edgar?
Ella (cree él) ha metido la pata hasta el fondo. Él (cree ella) está a punto de ponerse a gritar, delante de toda esa gente, dios mío, y con el sombrerito de fieltro puesto. Pero (cree él): posiblemente ella venía pensando en un tal Edgar, quizás un rollete de la oficina, o un antiguo novio.
-Te he hecho una pregunta -insiste él- ¿Quién coño es ese Edgar?
Ella comenta algo acerca de la película que van a ver. Como quien no quiere la cosa llama Stallone a Van Damme. Así: como quien no quiere la cosa. Él se sonríe. Luego, ella se pone a hablar del tiempo. De ahí pasa al partido del fin de semana, errando los nombre de los dos equipos, del estadio, del árbitro. ¿Iremos, Fred? Finalmente, ella apaga su cigarrillo y dice que le encanta la puerta de este cine,  me encanta la puerta del cine, Rex.
Él (que no es precisamente tonto) no cae en la trampa que ella trata de tenderle.
-No creas que no me he dado cuenta de cómo intentas disimular.
Pero ella no está disimulando. Al contrario  jamás antes en vida se había comportado de un modo tan veraz. Nunca antes había existido una relación tan estrecha e intima entre su comportamiento y su deseo.
-Si disimular- le dice ella encendiendo un nuevo Marlboro -tiene que ver con ocultar cosas, con fingir sentimientos, con distraer la atención, yo no estoy disimulando. O quizás si, pero no por mucho tiempo, la verdad.
Al terminar su parlamento ella se queda un rato fumando en silencia, como si la persona que acabase de hablar viviera en un lugar remoto y ella estuviese escuchando sus palabras con retraso, ahora.
-Te quiero Gregori. Daría cualquier cosa por no haberte llamado Edgar. Mira todos esos melocotones parados frente al perchero, ¿los oyes como tocan el despertador? Mira como cae la leche sobre nosotros. ya no se ve prácticamente nada. Mira mi Lucky Strike hecho trizas sobre el tatami. Y este que tengo entre los garfios, mira cuánta baba echa. Te quiero, Hans. Estoy dispuesta a vivir así para siempre. Perdóname. Te lo pido por favor, Oliver. Perdóname.
Él la mira dubitativo. ¿ Realmente estaría ella dispuesta a hacer algo así por él? ¿Sería ella capaz de expiar su falta abandonando el indispensable auxilios de los nombres de por vida? ¿Cambiándolos unos por otros hasta hacer de ellos una sopa sin sentido? En tal caso sería una prueba bastante elocuente de su amor hacia mi, y vivir así: la alegría más alta.
Ella (que tampoco es que sea precisamente tonta) se echa a llorar en ese preciso instante, justo cuando divisa un atisbo de duda en los ojos de él; y lo hace de una forma lenta  delicada, como un cubito de hielo derritiéndose sobre la hierba. Como un bailarín veterano superando una tapia.
Él carraspea débilmente y accede por fin a su petición.
Ella respira con fuerza, aliviada de no tener que volver a hacerla. Le da un beso en los labios. Le coloca amorosamente el sombrero. Le dice te quiero Enzo. Y se queda junto a él, contemplando el vacío que la espera: sin islas, ni palacios, ni torres.




Fernando Cañero.





No hay comentarios: