Seguidores

lunes, 28 de enero de 2013

A veces, aunque duela, lo más sano es decir adiós.

Esa mujer es viuda, habla con su difunto esposo. No come sola, continúa dirigiéndose a él como si se encontrase delante de ella. Se ha acicalado porque su marido todavía forma parte de su vida. Se lo imagina presente a su lado. ¿No es conmovedor? Imagine  el amor que hace falta para reinventarse sin tregua la presencia del ser amado. Esa mujer tiene razón: no porque se haya marchado ha dejado de existir. Con un poco de fantasía dentro de uno, la soledad no existe. Más tarde, en el momento de pagar, empujará desde el otro lado de la mesa el platito con el dinero, porque es su marido quien paga siempre la cuenta. Cuando se vaya, esperará un momento en la acera antes de cruzar, porque su marido cruza la calle siempre primero, como es debido. Estoy seguro de que cada noche, antes de acostarse, se dirige a él, y que hace lo mismo por la mañana al desearle un buen día, esté donde esté.


viernes, 4 de enero de 2013

Las previsiones son difíciles de hacer, sobre todo cuando conciernen al futuro.

Yo no creía en el destino, ni en las pequeñas señales de la vida que supuestamente nos muestran qué camino tomar. No creía en las historias de videntes, ni en cartas que predicen el futuro. Creía en la simplicidad de las coincidencias, en la verdad del azar.



miércoles, 26 de diciembre de 2012

No se cual es la diferencia entre rendirme y no luchar.

No entiendo que una persona pudiese ser Dios y el diablo al mismo tiempo.
Que una misma persona pudiese destruirte y salvarte a la vez.
Si todo lo que yo era, tanto lo bueno como lo malo, estaba en una madeja de hilos que él mismo había entrelazado, ¿cómo podía saber si debía quererlo u odiarlo?

lunes, 17 de diciembre de 2012

La alegría más alta.

Para vivir no quiero 
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres! 
P.Salinas.

Ella aparece finalmente, busca la cara de él entre la muchedumbre que hace cola frente a la puerta del cine y al encontrarla se le acerca y le dice hola mi amor mientras se inserta a su lado. Él sonríe y hunde su boca en los labios agrietados de ella. Él leva un sombrerito de fieltro gris que ella odia con toda su ala. Son las ocho de a tarde de un húmedo y ventoso miércoles de marzo y la noche está a punto de derrumbarse sobre ellos.
-¿Llevas mucho tiempo esperando, Edgar?- dice ella encendiéndose un Marlboro.
Él la mira fijamente, como si en lugar de ser ella fuese un incendio brillando a lo lejos. O una mujer tendida en la acera en plena calle, bocarriba y con una equis pintada de rojo en la mejilla. O un tenedor encontrado dentro de una tarta.
+Me llamo Linus. Linus Albert. -dice él- ¿Quién coño es ese Edgar?
Ella (cree él) ha metido la pata hasta el fondo. Él (cree ella) está a punto de ponerse a gritar, delante de toda esa gente, dios mío, y con el sombrerito de fieltro puesto. Pero (cree él): posiblemente ella venía pensando en un tal Edgar, quizás un rollete de la oficina, o un antiguo novio.
-Te he hecho una pregunta -insiste él- ¿Quién coño es ese Edgar?
Ella comenta algo acerca de la película que van a ver. Como quien no quiere la cosa llama Stallone a Van Damme. Así: como quien no quiere la cosa. Él se sonríe. Luego, ella se pone a hablar del tiempo. De ahí pasa al partido del fin de semana, errando los nombre de los dos equipos, del estadio, del árbitro. ¿Iremos, Fred? Finalmente, ella apaga su cigarrillo y dice que le encanta la puerta de este cine,  me encanta la puerta del cine, Rex.
Él (que no es precisamente tonto) no cae en la trampa que ella trata de tenderle.
-No creas que no me he dado cuenta de cómo intentas disimular.
Pero ella no está disimulando. Al contrario  jamás antes en vida se había comportado de un modo tan veraz. Nunca antes había existido una relación tan estrecha e intima entre su comportamiento y su deseo.
-Si disimular- le dice ella encendiendo un nuevo Marlboro -tiene que ver con ocultar cosas, con fingir sentimientos, con distraer la atención, yo no estoy disimulando. O quizás si, pero no por mucho tiempo, la verdad.
Al terminar su parlamento ella se queda un rato fumando en silencia, como si la persona que acabase de hablar viviera en un lugar remoto y ella estuviese escuchando sus palabras con retraso, ahora.
-Te quiero Gregori. Daría cualquier cosa por no haberte llamado Edgar. Mira todos esos melocotones parados frente al perchero, ¿los oyes como tocan el despertador? Mira como cae la leche sobre nosotros. ya no se ve prácticamente nada. Mira mi Lucky Strike hecho trizas sobre el tatami. Y este que tengo entre los garfios, mira cuánta baba echa. Te quiero, Hans. Estoy dispuesta a vivir así para siempre. Perdóname. Te lo pido por favor, Oliver. Perdóname.
Él la mira dubitativo. ¿ Realmente estaría ella dispuesta a hacer algo así por él? ¿Sería ella capaz de expiar su falta abandonando el indispensable auxilios de los nombres de por vida? ¿Cambiándolos unos por otros hasta hacer de ellos una sopa sin sentido? En tal caso sería una prueba bastante elocuente de su amor hacia mi, y vivir así: la alegría más alta.
Ella (que tampoco es que sea precisamente tonta) se echa a llorar en ese preciso instante, justo cuando divisa un atisbo de duda en los ojos de él; y lo hace de una forma lenta  delicada, como un cubito de hielo derritiéndose sobre la hierba. Como un bailarín veterano superando una tapia.
Él carraspea débilmente y accede por fin a su petición.
Ella respira con fuerza, aliviada de no tener que volver a hacerla. Le da un beso en los labios. Le coloca amorosamente el sombrero. Le dice te quiero Enzo. Y se queda junto a él, contemplando el vacío que la espera: sin islas, ni palacios, ni torres.




Fernando Cañero.





viernes, 14 de diciembre de 2012

El blues de la generación perdida.

Dices que yo no tengo casi nada en la cabeza, me miras, me juzgas, me condenas.
Dices que yo me he convertido en un millón de guerras.
Dices que yo a veces te resulto incomprensible.
Dices que yo escribo solamente tonterías, que soy de la generación perdida.
Dices que solo soy una veleta a la que el viento se lleva sin querer.
Dices que solo soy una cometa que se eleva y que algún día va a caer.
Dices que me pierdo a cada instante, que el futuro está en el aire y mi vida del revés.


viernes, 30 de noviembre de 2012

Iris


Siento crujir las hojas secas,
siento tus pasos lentos y pausados,
me giro y ya no estás.
Me columpio, siento los latidos de tu corazón,
salto, me giro y ya no estás.
Me he pasado la vida buscándote y no te he encontrado,
he perdido la esperanzo y he decidió refugiarme
en el lado oscuro de la vida.
Cuando te has dado cuenta ya era demasiado tarde,
entonces has tirado un clavel escarlata sobre mi epitafio.


viernes, 23 de noviembre de 2012

El éxito es un concepto arbitrario.

Hasta ahora nunca había creído  en el amor; pensaba que era algo que James Bond se inventó hace mucho tiempo para poder echar algún que otro polvo.