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domingo, 16 de octubre de 2011

Cuando no tienes nada, nada puedes perder.

Breve  pero innegable: os amabais.
Triste, dolida, sintiéndome estúpida, aparté la vista y me fui hacia la entrada.
Y callé, guardándome en el corazón lo que a esas alturas ya sentía por ti.


Os abrazasteis, tan intensa, breve y desesperadamente que volví la vista.
Lo que vosotros tuvisteis en aquel instante yo no he logrado alcanzarlo nunca. 
Pero lo he buscado con afán y honestidad; y eso hace digna mi fracasada vida de soledad.


Una mano se apoyó en mi hombro y a pesar del espesor del chaquetón , reconocí tus dedos.
Dijiste mi nombre.
No me volví, demoré la respuesta...Cuándo me girase sabía que apartarías la mano, y quería disfrutar de ese contacto, de ese instante único y último, solos tu y yo.
Repetiste mi nombre.
Y me volví. Y te miré. Y vi en tus ojos que querías llorar.
Querías pedirme algo.
Qué ingenuo y que imprevisible es el corazón humano; también, a veces, que hermoso.
Allí estábamos, a punto de morir, y a mi me llenó de plenitud que desearas pedirme algo.
Me hubiera gustado llorar de felicidad, aunque imité tu ejemplo de fortaleza.
-¿Qué?
-Haz que no la pase nada.
Te apreté las manos. Pasé mis dedos por tu rostro y te sequé las lágrimas.
-Te juro que no le pasará nada.
Y tú, tal vez porque sabias que te acababa de prometer lo imposible,sonreíste y me apretaste la mano.

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