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lunes, 3 de octubre de 2011

La respuesta fue no.

Los sueños son de agua. 
Flotas en ellos pero no los puedes agarrar.


El día de mi rendición era martes.
De pie, frente a la puerta del vagón, mirándome en el cristal mugriento, tuve miedo por el futuro; miedo al futuro mismo.
Una invicta sensación de derrota.
Los soldados no mueren en las guerras, como se dice alegremente; eso no es exacto. Cada soldado muere en un instante concretísimo de una batalla concretísima, despreciada por la Historia pero fundamental para ese muerto, porque ese momento será el de su propia muerte. Y única, no tendrá otra.
Los barcos no naufragan anónimamente en el océano; cada barco se hunde en una precisa ubicación de latitud y longitud, en esa y no en otra. En un instante preciso y en ningún otro.
Pues bien, yo tampoco fracasaba en la vida de manera imprecisa. Me hundí en el desaliento ahí, en ese momento, un soleado día, bajo tierra.
Y a nadie le importaba, nadie iba a darme ánimos para que me sobrepusiera y volviera a intentarlo.



Los sueños son de agua, pero el fracaso tiene puerta. 
La abres, a cruzas, la cierras a tu espalda.
Y das el siguiente paso,titubeante, abrumado, incrédulo. Asustado y solo.


Y de pronto, ese martes, todo se derrumbó.


Cielo Abajo.

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